domingo, 12 de febrero de 2012

Oficios extraños



                                                            ¡Cosas de la vida!
  

Entre las cosas múltiples que últimamente se ven en el mundo, parece que a la humanidad ya no le sorprende nada,  lastimosamente percibimos levemente las cosas pero sencillamente seguimos con nuestras vidas sin detenernos a pensar un poco en el por qué de los acontecimientos diarios que dan un aire de injusticia y degradación a nuestras vidas, ese aire que va  llenando nuestros pulmones  de conformidad e inmutabilidad…


 Escribo estas líneas porque sencillamente es algo que no se aleja de mi experiencia personal, ocurre que pisando yo territorio venezolano, un territorio que hace 20 años atrás era de esplendor y abundancia  hoy  se sostiene tras la miseria y cinismo de una inflación que hace cada vez más agonizante la subsistencia de cientos de personas que buscan día a día  la manera de conseguir el alimento y la vivienda. Por esta razón el llamado “rebusque” se encuentra presente en cada rincón de las grandes ciudades de la hermana república, siguiendo pues con el rumbo de la historia estaba yo recorriendo la gran ciudad de caracas rumbo a nuestro restaurante favorito el cual escogimos mi familia y yo por el gran valor sentimental que causa  este a mis padres,  quienes cada vez que nos aproximamos a las puertas marrones de aire coloquial  que marcan la entrada a este palacio de comidas , empiezan con sus evocaciones acerca de los momentos tan felices que pasaron en aquel sitio.  


Mientras nos aproximábamos al restaurante observaba yo desde la ventanilla del carro, el carril de enfrente de la avenida, la cual es muy transitada y en donde  en cada semáforo se encuentran personas haciendo maromas con cuchillos y fuego esperando que algunos del los carros que allí se detienen bajen sus vidrios  y depositen algo en sus sombreros.  Sigo observando entre los múltiples malabaristas, volteo un poco mi mirada y descubro a un anciano en un andén yo creo que aproximadamente de 70 años quien pasa las horas haciendo girar un ula ula en sus brazos y en las piernas, cada cierto tiempo levanta su pierna y pone a girar el ula ula  tratando de sostener el equilibrio, yo veía su cara de lejos perdida en el tiempo, pensando tal vez en cuanto recibiría, en cuanto le haría falta para completar el alimento de su familia, si tiene familia, cómo permiten que este señor se desgate la gran parte del día parado haciendo maromas que la gente ignora como si enfrente de ellos estuviera una pared de concreto que no deja pasar ni el más delicado rayo de luz, preguntas que surgían en mi mente mientras perseguía el recorrido circular del ula ula con mis ojos, finalmente, el semáforo de nuestro carril cambió y seguimos nuestro recorrido, el señor siguió también con su oficio el cual cada día repite.     


  Tal vez muchas personas no vean esto como un oficio, pero tienen que ver la imagen de este señor con un ula ula girando, como gira cada día la vidas de la personas que viven en una ciudad de caos y las cuales como yo siguen sus recorridos sin poder cambiar las cosas.


La travesía diaria



La travesía diaria







Cuando por fin acababa mi aquel estresante día de clase, me dispuse con cansancio, pero con esperanza a tomar el medio de transporte “bus” que me llevaría a mi tan anhelada casa en ese momento; empecé entonces a caminar tan rápido como podía, sin embargo esa velocidad solo estaba en mi mente, porque mis piernas no respondían al llamado de ligereza que le hacía mi cerebro. Mis pies rozaban el suelo levemente y se comportaban como si cada uno pidiera permiso al otro para dar un paso, yo a pesar de mi poca destreza motriz hacía mi mejor esfuerzo para tan solo pasar la custodiada salida de la universidad.


 Poco a poco y con mis cinco sentidos involucrados en la dura labor de caminar fui superando cada uno de los obstáculos con la única motivación de llegar pronto  y despegar el agotamiento que hacía de mis piernas dos objetos inútiles tan inútiles como intentar estornudar con los ojos abiertos. Así unos minutos después ya estaba atravesando la puerta giratoria del bus y buscando algún lugar donde sosegar mi debilidad, con pocas opciones decidí sin pensar agarrar el primer espacio que vi; yo había olvidado que a las 6 de la tarde el bus se convertía en una aglomeración de gente, como cuando hay un concierto o una reunión política, lo cual  dos cuadras adelante se estaba comprobando, cuando ya no cabía una sola persona más, en aquel bus que estaba cumpliendo muy bien su función de colectivo. Hacía un calor terrible, cada segundo sentía más y más personas robándome el poco aire que transitaba dentro de aquel carro enorme, el chofer del autobús en su afán por abrir espacio, frenaba abruptamente, por lo que durante todo el camino, cada vez más largo, se escuchaban quejas y gritos de las personas que hacían su mayor esfuerzo por mantener el equilibrio ”oiga señor a usted que le pasa lleva personas no animales” o “busetero tenía que ser” reclamos a los cuales el chofer respondía con un tono irónico y burlesco: “si quieren irsen más cómodos cojan taxi” así sucesivamente transcurría el camino, ya no solo eran mis pies sino que mi cabeza retumbaba como si dentro de ella se estuviera realizando un concierto de tamboras, tiempo después, el joven que estaba sentado a mi lado, el cual tenía la fortuna de poseer ventana y aislarse un poco de la monomanía del bus, decide desde su celular retumbar música, así que de ahí en adelante mi viaje acontecía al son de “papi papi papi chulo”, hasta que por fin llegue al destino final, cuando logré salir tras empujones y pisotones,   respire aire puro y pensé que este era uno de los días en que más deseaba vivir cerca de la universidad.