domingo, 12 de febrero de 2012

La travesía diaria



La travesía diaria







Cuando por fin acababa mi aquel estresante día de clase, me dispuse con cansancio, pero con esperanza a tomar el medio de transporte “bus” que me llevaría a mi tan anhelada casa en ese momento; empecé entonces a caminar tan rápido como podía, sin embargo esa velocidad solo estaba en mi mente, porque mis piernas no respondían al llamado de ligereza que le hacía mi cerebro. Mis pies rozaban el suelo levemente y se comportaban como si cada uno pidiera permiso al otro para dar un paso, yo a pesar de mi poca destreza motriz hacía mi mejor esfuerzo para tan solo pasar la custodiada salida de la universidad.


 Poco a poco y con mis cinco sentidos involucrados en la dura labor de caminar fui superando cada uno de los obstáculos con la única motivación de llegar pronto  y despegar el agotamiento que hacía de mis piernas dos objetos inútiles tan inútiles como intentar estornudar con los ojos abiertos. Así unos minutos después ya estaba atravesando la puerta giratoria del bus y buscando algún lugar donde sosegar mi debilidad, con pocas opciones decidí sin pensar agarrar el primer espacio que vi; yo había olvidado que a las 6 de la tarde el bus se convertía en una aglomeración de gente, como cuando hay un concierto o una reunión política, lo cual  dos cuadras adelante se estaba comprobando, cuando ya no cabía una sola persona más, en aquel bus que estaba cumpliendo muy bien su función de colectivo. Hacía un calor terrible, cada segundo sentía más y más personas robándome el poco aire que transitaba dentro de aquel carro enorme, el chofer del autobús en su afán por abrir espacio, frenaba abruptamente, por lo que durante todo el camino, cada vez más largo, se escuchaban quejas y gritos de las personas que hacían su mayor esfuerzo por mantener el equilibrio ”oiga señor a usted que le pasa lleva personas no animales” o “busetero tenía que ser” reclamos a los cuales el chofer respondía con un tono irónico y burlesco: “si quieren irsen más cómodos cojan taxi” así sucesivamente transcurría el camino, ya no solo eran mis pies sino que mi cabeza retumbaba como si dentro de ella se estuviera realizando un concierto de tamboras, tiempo después, el joven que estaba sentado a mi lado, el cual tenía la fortuna de poseer ventana y aislarse un poco de la monomanía del bus, decide desde su celular retumbar música, así que de ahí en adelante mi viaje acontecía al son de “papi papi papi chulo”, hasta que por fin llegue al destino final, cuando logré salir tras empujones y pisotones,   respire aire puro y pensé que este era uno de los días en que más deseaba vivir cerca de la universidad.

1 comentario:

  1. Me parece que la historia tiene fuerza, sin embargo por el afán de darle intensidad a lo narrado se sobrecarga de adjetivos y hechos que no parecen ser tan relevantes para la historia. El uso excesivo de comas agota al lector. Es necesaria la estructuración del texto en párrafos.

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